El diario del ron, Hunter S. Thompson

Yo era un buscador, un nómada, un culo inquieto, y en ocasiones un camorrista estúpido. Jamás me estaba quieto lo bastante como para poder reflexionar sobre las cosas, pero en cierto modo sentía que mi instinto no se equivocaba. Compartía ese optimismo nómada que postulaba que algunos de nosotros estábamos progresando realmente, que habíamos tomado un camino honesto y que los mejores de nosotros acabarían llegando a la cumbre de forma inevitable. Al mismo tiempo, compartía la oscura sospecha de que la vida que llevábamos era una causa perdida, que éramos todos actores y que no hacíamos sino engañarnos a nosotros mismos en una odisea sin sentido. Y era esta tensión entre ambos polos -un inquieto idealismo, por una parte, y un sentido de inminente perdición, por otra- lo que me mantenía en el camino.


Siempre estaba hablando de la suerte, pero a lo que se refería realmente era a una especie de sino perfectamente reglado. Tenía un fuerte sentido del destino, la profunda creencia de que fuerzas ingentes e incontrolables actuaban a un tiempo a su favor y en su contra, fuerzas que se movían y actuaban minuto a minuto en cada rincón del planeta. El ascenso del comunismo le preocupaba mucho, porque significaba que la gente se estaba volviendo ciega a su sensibilidad -la de él- como ser humano. Los problemas con los judíos le deprimían, porque indicaban que la gente necesitaba chivos expiatorios y que tarde o temprano él acabaría siendo uno de ellos.


Feliz… -dije entre dientes, tratando de apresar la palabra. Pero es una de esas palabras, como "amor", que jamás he entendido cabalmente. La mayoría de la gente que trabaja con las palabras no tiene mucha fe en ellas, y yo no soy una excepción (sobre todo si hablamos de las grandes palabras como Feliz y Amor y Honrado y Fuerte). Son demasiado huidizas y sobremanera relativas cuando las comparamos con otras palabras pequeñas y humildes y cortantes como Gamberro o Barato o Farsante. Con éstas me siento cómodo, porque son desnudas y fáciles de retener, pero las grandes palabras son duras y tendrías que ser un cura o un necio para utilizarlas con un minimo de seguridad y soltura.


Hablaba de la suerte y del sino y de números que iban a salir, pero jamás se aventuraba a jugar ni un centavo en el casino porque sabía que la casa tenía siempre las de ganar. Pero, a pesar de su pesimismo, de su sombría convicción de que toda la maquinaria estaba montada en su contra, en el fondo de su alma alentaba la fe en que acabaría burlando la mala suerte, y en que si observaba cuidadosamente las señales iba a saber cuándo tenía que retirarse para salir indemne. Era fatalismo con una especie de tronera de escape, y lo único que tenía que hacer para que ésta no dejase nunca de ser viable era estar muy atento a las señales. La supervivencia por la coordinación, por así decir. La carrera no es para el rápido, ni la batalla para el fuerte, sino para aquellos que saben ver que la desgracia les viene encima y saltan hacia un lado.

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution 3.0 License