Ese maldito yo, Emil M. Cioran

No hay que leer para comprender a los demás, sino para comprenderse a si mismo.


El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida.


Intento en vano imaginar el cosmos sin… mi. Afortunadamente, la muerte se apresurará a remediar la insuficiencia de mi imaginación.


Sería capaz de cualquier sacrificio para librarme de este yo lamentable que en este instante mismo ocupa en el Todo un lugar con el que ningún dios ha osado soñar.


Podríamos por fin respirar mejor si una mañana nos dijeran que la inmensa mayoría de nuestros semejantes se ha volatilizado como por encanto.


Todo el mundo me exaspera. Pero me gusta reír. Y no puedo reír solo.


Ganas de rugir, de escupir a la gente a la cara, de golpearla, de pisotearla… Me he ejercitado en la decencia para humillar a mi rabia, y mi rabia se venga de mi tan frecuentemente como puede.


Pasar del desprecio al desapego parece fácil. Sin embargo es menos una transición que una hazaña, que un triunfo. El desprecio es la primera victoria sobre el mundo; el desapego, la última, la suprema. El intervalo que las separa es similar al camino que va de la libertad a la liberación.


Ser objetivo es la prueba de una perturbación inquietante. Quien dice vivo dice parcial: la objetividad, fenómeno tardío, síntoma alarmante, es el comienzo de la capitulación.


Lo que se arruina lo que deseo.


El mundo comienza y acaba con nosotros. Solo existe en nuestra conciencia, ella lo es todo y ese todo desaparece con ella. Al morir no abandonamos nada. ¿Por qué entonces tantos melindres en torno a un acontecimiento que no es ningún acontecimiento?

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