Mundo Espejo, William Gibson

Ahora sabe, sin lugar a dudas, mientras oye el ruido constante que es Londres, que la teoría del jet lag de Damián es correcta: que su alma mortal se encuentra a leguas detrás de ella y está siendo recogida por algún fantasmal cordón umbilical desde la estela desvanecida del avión que la ha traído aquí, a decenas de miles de metros por encima del Atlántico. Las almas no pueden moverse con tanta rapidez, se quedan rezagadas y hay que esperarlas, al llegar a destino, como maletas perdidas.


Lo que la gente toma por minimalismo a ultranza es un efecto secundario de una exposición excesiva a las salas donde se crea la moda.


Ahora no tenemos ni idea de quiénes o qué podrían ser los habitantes de nuestro futuro. En ese sentido, no tenemos futuro. No en el sentido en que nuestros abuelos tenían futuro, o creían tenerlo. Imaginar un futuro completo es cosa de otro tiempo, un tiempo en el que el “ahora” tenía una duración mayor. Para nosotros, por supuesto, las cosas pueden cambiar tan bruscamente, tan violentamente, tan profundamente, que futuros como los de nuestros abuelos tienen un “ahora” que no basta como base. No tenemos futuro porque nuestro presente es demasiado inestable. Sólo tenemos la administración del riesgo. Los cambios de escenario de cada momento. El reconocimiento de pautas.


La historia es el relato de la mejor aproximación sobre lo que ocurrió y cuando.


Todo lo que Lenin nos enseñó del comunismo era falso, y todo lo que nos enseñó del capitalismo, cierto.

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