La tournee de Dios, Enrique Jardiel Poncela

¡Cualquiera sabe ya lo que es uno! Generación que no se ha desprendido por completo del romanticismo trasnochado del 1900, y que no ha pododo asimilarse del todo el espíritu indiferente-deportivo de la postguerra, ¿sabemos ninguno de nosotros lo que somos, lo que creemos ni lo que deseamos? Término medio; ejército de choque; puente entre la época del corazón y la época del músculo; guión que separa la edad de lo imaginativo y la edad de la mecánica; generación transitiva, en fin, los que pertenecemos a ella vivimos aplastados entre el pasado y el presente, tan incomplrensivos para el uno como para el otro, sin que ese pasado sea nuestro pasado ni este presente sea nuestro presente, y ajenos a los dos. No somos viejos, porque tenemos treinta años. Pero… tampoco somos jóvenes. Con el pelo negro -y hasta un poco ondulado, ¡que caramba!, todo hay que decirlo-, con la frente tersa, con los músculos bien dispuestos y los nervios excelentemente templados… uno no es joven ya. Y al mirar alrededor, hacia las juventudes pretéritas y hacia las juventudes actuales, uno ve claro que ni siente y piensa como aquéllas, ni siente y piensa como éstas.
En Religión, aquellas juventudes pasadas hicieron de Dios un personaje imprescindible.
Las juventudes actuales no se acuerdan de Dios para nada.
Y uno se acuerda de Él de vez en cuando.
En Política, las juventudes pasadas se lanzaron briosamente a la lucha por la libertad.
Las de ahora corren a combatir por la igualdad y por la fraternidad.
Y uno -que tiene siempre presente el espectáculo del Universo- al oír hablar de igualdad, de libertad y de fraternidad, vomita.
Patrióticamente, aquellas juventudes desaparecidas poseyeron un ciego entusiasmo que las empujó a guerras horribles, al grito de "¡Adelante por la victoria!".
Las juventudes de hoy, con la otra ceguera de la solidaridad universal, no quieren pelear y proclaman: "Hay que suprimir las guerras, que son una bestialidad inútil".
Y uno -ni guerrero ni pacifista- piensa, con la seguridad de ser el único que acierte: "Las guerras son una ley, como la gravedad o la atracción de las masas, y habrá guerras siempre, mientras el Mundo sea Mundo".
En Amor, aquellas juventudes crearon el romanticismo y se suicidaron de un pistoletazo ante el daguerrotipo de una dama cualquiera, tenida por pura y excepcional.
Las juventudes actuales sustituyen el romanticismo con el deporte, y son indiferentes.
Y uno piensa que suicidarse por una mujer no está mal cuando esa mujer merece la pena; pero deja transcurrir la vida sin descubrir entre las mujeres conocidas la mujer que merece la pena de suicidarse.
Ante el Matrimonio, las juventudes pasadas adoptaron una actitud de sometimiento y se casaron enamoradas.
Las juventudes presentes se casan también, pero sin saber bien si están enamoradas o no.
Y uno retrocede siempre ante el matrimonio, como un caballo que viese, cruzada en el camino, una culebra.
Y en lo Divino…
En lo divino, las juventudes pretéritas tenían fe y creían.
Las juventudes actuales no tienen fe ni creen.
Y uno cree… y no tiene fe.


Aborrezco todo aquello en que la masa tiene un papel principal. Las masas son cerriles, viles, groseras, homicidas y despreciables. Donde actúa la masa hay siempre sangre, ferocidad e injusticia. Ningún artista verdadero puede ser comunista: el arte no existe sin un sentido de aristocracia. Y las cosas bellas jamás pueden ser un bien comun.


No existe un solo ser que no atraviese por instantes de debilidad; no hay un solo hombre que se baste a sí mismo; el individuo más encopetado se ve obligado un día a esconderse debajo de un diván; el emperador más poderoso, el apóstol más puro, el genio más universal, sufre alguna vez un cólico que le obliga a pasarse toda una noche gimiendo y revolcándose en sudor frío. El hombre es una pobre criatura inerme y, sin embargo, cada vez es más soberbio y está más orgulloso de sí y precinde más de todo apoyo y se siente más autónomo.


Los hombres están construidos "en serie", como los automóviles Chevrolet y sólo se diferencian de ellos en que no tienen piezas de repuesto.


Si el creyente es un farsante, el ateo lo es muchisimo más. El creyente es capaz de decir "yo creo" dirigiendose sólo a su propia conciencia. Pero cuando el ateo dice "yo no creo" se dirige siempre a un público.


La Humanidad, desatada e impúdica, perdida la confianza en sí, sin concepto ya del deber, engreída, soberbia y fatua, llena de altiveces, dispuesta a no resignarse, frívola y frenética, olvidada de la serenidad y de la sencillez, ambiciosa y triste, reclamándole a la vida mucho más de lo que la vida puede dar, desposeída de esa alegría por la alegría que es el único camino de la dicha, corre enloquecida hacia la definitiva bancarrota.


Perdida la confianza en sí mismo y en decadencia la virilidad, el hombre ya no lucha: pide. Y si le es posible, exige. Y si se encuentra en condiciones, quita. Nadie, cuando se trata de prosperar, piensa ya en multiplicar su actividad, ni en aumentar sus conocimientos, ni en poner en juego las condiciones -innatas o adquiridas- de que disponga para el combate del Mundo.
El individualismo duro y heroico de otros tiempos ha sido sustituido por un colectivismo blando, cómodo, femenino y fácil. Y cuando se trata de prosperar, el hombre actual busca el apoyo de los demás hombres que están en su caso, organiza un Sindicato y se dirige a los Poderes Públicos pidiendo esto o aquello. ¿Acceden los Poderes Públicos a la petición? A vivir hasta que llegue el momento de pedir otra cosa. ¿No acceden a la petición los Poderes Públicos? Pues el hombre que deseaba prosperar y sus compañeros de ansias y de Sindicato se echan en brazos del sabotaje y se lían a tiros con la Policía. A esto lo llaman los periódicos "el problema social".


Cada cual es rey de sí mismo y aspira a ser emperador de los demás.


Ya sabes tú lo que es un periódico… Un vampiro de la inteligencia, un calabozo bien iluminado… Palanca de la edad moderna, altavoz de las acciones humanas…


El amor es el puente que sirve para pasar del onanismo al embarazo.


El amor es una goma elástica que los humanos, a fuerza de tirar, consiguen que se alargue. Pero, al cabo, uno de los que tiraban se cansa y suelta su extremo y la goma le da un porrazo en las narices al que todavía seguía tirando…


Cuando regañan con un hombre, las mujeres suelen devolver todos los regalos… excepción hecha de los que valen algo.


Sigue humano y no quieras elevarte sobre lo que eres, porque ciertamente te digo que eso no es elevarse, sino descender.


Habla bien; no ha dicho nada, pero ha hablado bien. Y hablar bien sin decir nada, tiene mucho más merito que hablar bien diciendo sandeces, que es lo que hacen todos los demás.


Todo os lo procuráis por el propio esfuerzo: el dinero, la casa, los alimentos, las comodidades, lo necesario y lo superfluo, el éxito, la gloria, el poder… Todo esto os lo procuráis sacándolo de vosotros mismos, y sólo la felicidad la esperáis de los demás.
De tal suerte os entregáis al amor, por ejemplo, con la loca esperanza de que sea una mujer -o un hombre si sois mujeres- el que os haga feliz; y al daros cuenta de que no sois felices con el amor, os revolvéis furiosos contra él. De la misma manera esperáis la felicidad de vuestros padres, o de vuestros hijos, o de un tío que tenéis en el Extranjero y que no escribe desde hace once años; y ante el desmoronamiento de vuestros sueños, maldecís de los padres, de los hijos y del tío del Extranjero. O esperáis la felicidad de la Lotería Nacional, con el consecuente y lógico desencanto. O esperáis la felicidad de un nuevo Gobierno, lo que os arrastra a vivir en un perpetuo deseo de crisis. O, en fin, esperáis la felicidad de un cambio de régimen político y ensangrentáis vuestras manos en el charco rojo de las revoluciones para caer luego en la pesadumbre de haber cometido crímenes inútiles.


La felicidad es ya imposible para vosotros. Es ya imposible, porque las condiciones de vida en que os habeis situado asfixian todo intento de felicidad, y, al mismo tiempo, vosotros ya no concebís la vida sino en las condiciones que la tenéis.

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